Una historia real.
De pequeño no fue a la guardería; porque las públicas eran escasas y las privadas que había eran muy caras. Fue cuidado en familia.

A los tres años se inicia en la música en una escuela privada, donde realiza sus estudios de conocimiento musical hasta el final de la formación.

Va feliz en su primer día de colegio. Va a un colegio público. Al segundo día llora y no quiere ir al cole porque la profesora como él decía: habla a gritos. Durante muchos días no aceptaba la entrada al cole debido a las ordenes a gritos para formar colas o prepararse para salir. Poco a poco, se va acostumbrando aunque no aceptando.

En los años siguientes para ir al cole se viste con pantalón, jersey y botas tipo gorila. La mayoría de sus compañeros de colegio van de chándal y deportivas. Sin comprender porque, poco a poco, entre alguno de sus compañeros se inicia la envidia al verlo distinto. Además en el recreo no juega al fútbol porque no le gusta, él dice: a los que juegan mal se ríen de ellos. La otra opción tampoco le gusta, él dice: no quiero jugar con las barbies que es de niñas.

Estoy totalmente de acuerdo con que los profesores no tienen que jugar con los alumnos pero.. ¿No debería existe la figura de ” cuidador de recreo” que propusiera juegos o actividades que potenciara la integración de todos los alumnos/as?

Mas adelante cuando se elige la asignatura de religión y bajo sutiles presiones: – debes venir a religión porque sino no te quedas solo y no te integraras con sus compañeros. Todos los alumnos acuden: es muy divertida; decía la profesora.

No fue a religión, ni él ni siete mas de sus compañeros.

Cuando llego la hora de elegir idioma, él es bilingüe, para perfeccionar la escritura eligió: francés. Debido a la deficiente preparación oral de una de sus profesoras, sufre un acoso por parte de ella al no obedecerla en la pronunciación. Se enfrentaba solo entre otras, a la pronunciación en francés de: “le, les”de forma diferente para diferenciar el singular del plural. Para la profe era todo igual; hablaba todo en plural “les”

Leía mucho: libros de ciencia infantiles y cuentos. Esta postura le facilitaba mucho los estudios, permitiendo destacar en alguna materia.

Viajaba y viaja hoy día varias veces al año a Francia, esto le permite ser totalmente flexible, tolerante, a las costumbres de los dos países: España y Francia

Poco a poco, ya en el instituto, quizás en base a todo ese cultivo escolar, se inicia una diferenciación entre los alumnos. De un lado nosotros y del otro”los malotes”.

Los malotes son los chicos que suspenden, que sus papas no les exigen pautas de comportamiento, que tienen un sueldo semanal o mensual sin control de gasto, que se inician en le vestir de marcas para diferenciarse, que son irrespetuosos los chicos con las chicas y las chicas con ellas mismas. Es el momento en que se inician los juegos de levantar las faldas, de acercamientos eróticos y/o sexuales delante de todos los compañeros como provocación o para marcar territorio.

Es la época en la hay que tener mucho cuidado con la vestimenta, a mi protagonista en un despiste le tiraron del pantalón hasta las rodillas delante de todas la clase. Malos tiempos.

En una ciudad pequeña lo que sucede en una clase: conocer el fuerte o el débil, conocer las pandillas de cautos o malotes, se extiende como reguero de pólvora entre los compañeros de otros colegios; tanto públicos como privados. Y así llegamos a los 16 y 17 años, cuando oficialmente el 90% de los jóvenes en pandilla salen, poco o mucho tiempo, un día a la semana por la noche.¿ A donde? ¡ Al Botellón!

Las pandillas se juntan y se protegen unos de otros para hacerse más fuertes: Los cautos para vencer el miedo de los antiguos malotes que a veces rayan en inicio de delincuencia: empujando, amenazando e intimidando dentro del territorio común donde se celebra el botellón. Los malotes para vencer la cobardía que les impide enfrentarse a los compañeros solos.

Estos pequeños y sutiles enfrentamientos urbanos, en una ciudad tan disgregada como Santiago, donde el centro del botellón se encuentra lejos de las diferentes zonas de la ciudad donde viven los jóvenes, se retroalimentan en las calles de trazado discontinuo con zonas solitarias y excesos de recovecos.

Todo este comportamiento se ve acentuado con diseños urbanos diferenciados para habitantes de alto poder adquisitivo y nada integrador con los barrios de bajo poder adquisitivo del entorno.

Como consecuencia de este diseño, las comunicaciones con el centro están más pensadas para la utilización del coche privado que para el uso peatonal. Las comunicaciones son calles que no invitan a la cohesión social de caracter peatonal, mas bien propician la intimidación de dos o tres jóvenes, a pagar un euro, al joven solitario que vuelve a su casa y si no lo da, se le acorrala y le pegan.

Sucedió la semana pasada a la entrada de la Plaza Pascual Veiga. Santiago de Compostela

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